sábado, 1 de noviembre de 2008

Henri Rousseau


Henri Rousseau (1844-1910).

Rousseau no comienza hasta que expone por primera vez en el Salón de los Rechazados de 1885, cuando ya contaba cuarenta y un años. Él mismo divulgó distintas historias fantásticas sobre su vida anterior, generando una leyenda inexplicablemente sancionada por sus primeros biógrafos. No es extraño que la información que ha llegado hasta nosotros sobre esos años -más de la mitad de su existencia- sea a veces poco precisa. Hoy, cuando esas falsedades han sido aclaradas, no deja de sorprender que muchos hechos de su vida pública, perfectamente comprobados, adquieran esos mismos tintes míticos, como si el destino de este artista irreductible fuera encarnar el perfil de un improbable personaje literario.

Nacido en Laval, a orillas del Mayenne, fue el cuarto de los cinco hijos de un calderero, y su infancia debió de quédar marcada por la progresiva ruina económica de la familia. Hasta los dieciséis años cursa estudios en el colegio de su ciudad natal y, en 1863, se emplea en el bufete de un abogado de Angers. Un pequeño hurto de diez francos le lleva a alistarse voluntario en el ejército ese mismo año para evitar que lo encierren en el correccional; a cambio, pasa un mes en la cárcel y sirve en el 51° Regimiento de Infantería tocando el saxofón en la banda. El propio Henri se encargaría de transformar tan poco heroica carrera militar en una supuesta estancia en México con el cuerpo expedicionario francés allí enviado en apoyo de Maximiliano de Austria; en ese periodo se inspirarían, según la leyenda, los cuadros de selvas exóticas de sus últimos años

A la muerte de su padre en 1868 se licencia del ejército, se traslada a París, donde trabaja como escribiente de un oficial de juzgado, y, un año después, se casa con Clémence Boitard, fallecida en 1879. Movilizado de nuevo en 1870 al estallar la guerra con Prusia, es devuelto inmediatamente a casa como hijo de viuda; no pierde, sin embargo, ocasión de inventar una nueva leyenda, según la cual "la presencia de ánimo del sargento Rousseau" -como llegaría a escribir Apollinaire- habría librado a la ciudad de Dreux de "los horrores de la guerra civil": "Su voz de anciano -cuenta Apollinaire- tenía inflexiones extraordinariamente orgullosas cuando recordaba que el pueblo y los soldados le habían aclamado al grito de ¡Viva el sargento Rousseau!"

En 1871 adquiere la condición de funcionario de la Prefectura de París, ejercida en distintos fielatos de la ciudad como encargado de cobrar el consumo sobre los alimentos que entraban en ella. Hasta 1893, fecha en que se jubila a petición propia con categoría de inspector de primera clase y una modesta pensión, desempeña este oficio, del que, con poca exactitud, deriva el apelativo de "aduanero" con que se le conocía ya en su tiempo. Todos sus hijos murieron a temprana edad excepto la tercera, Julia-Clémence; este dramático hecho se ha mencionado con frecuencia para explicar la rara singularidad de sus retratos infantiles. La primera noticia que relaciona a Rousseau con la pintura, sin embargo, es de 1884, cuando se le concede un permiso para hacer copias en los museos estatales por mediación del pintor académico Clément, a la sazón vecino suyo.

Un año después, muestra dos obras en el Salón de los Rechazados y, a partir de 1886, se convierte en una de las más asiduas presencias en el Salón de los Independientes -sólo dejó de enviar obra en 1899 y 1900-, un foro artístico anual fundado en 1884 por pintores del ámbito posimpresionista, como Seurat, Signac y Odilon Redon. Esta iniciativa fue una de las más eficaces alternativas progresistas al Salón oficial; no había jurado ni comité de selección: todo el que pagara la cuota podía exhibir su obra sin trabas.

La inclasificable pintura del Aduanero llama enseguida la atención de un público que -como ocurre invariablemente en el París de la segunda mitad del XIX con cualquier iniciativa artística no convencional- se ríe de ella como de una grotesca atracción de feria, pero también atrae a pintores como Degas o Pissarro.

Su mito artístico será, sin embargo, obra de los poetas más que de los pintores, que nunca dejaron de considerarlo una rareza. En 1893 conoce a Alfred Jarry -paisano suyo y autor de obras fundamentales para la literatura vanguardista como Ubú rey-, que escribe favorables crónicas sobre el Aduanero y lo introduce en loscírculos intelectuales de la bohemia. Retirado de su empleo como funcionario, se dedica por completo a la pintura, de la que obtiene ingresos muy irregulares que le llevan a pasar frecuentes privaciones. Para sobrevivir, se ayuda con clases particulares de pintura y de música -tocaba el violín y en 1886 obtuvo un diploma de la Academia Musical de Francia por la composición de un vals- y como profesor de la Association Philotechnique, una suerte de universidad popular.

Envuelto en el recuerdo de su primera mujer, se casa de nuevo en 1899 con Josephine Nourry, que muere cuatro años más tarde. En 1906 conoce a Apollinaire y al pintor Robert Delaunay, a través de los cuales empieza a exponer también en el Salón de Otoño y entraen contacto con los pintores más jóvenes que se instalaban por entonces en Montmartre.

Entre 1907 y 1909 se ve implicado en una estafa por la que le condenarían a dos años de prisión; el argumento de su proverbial ingenuidad y algunos amigos influyentes consiguen que, tras largo proceso, se le conmute la pena. En sus últimos años, la venta de sus cuadros mejora algo y el Aduanero se convierte en un personaje imprescindible de la bohemia de Montmartre. Las veladas en su estudio, en las que toca sus composiciones musicales al violín, se hacen célebres en ese ambiente, así como el legendario banquete que le ofrece Picasso en el Bateau Lavoir, en 1908, con la asistencia, entre otros, de Braque, Delaunay y los hermanos Stein. Muere en 1910 por gangrena en una pierna; enterrado en la fosa común, sus amigos costean un sepulcro, cuya lápida recoge un epitafio poético escrito por Apollinaire.

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