jueves, 30 de abril de 2020

RICARDO CAVOLO



El padre de Ricardo Cavolo (Salamanca, 1982) era pintor, y él siempre se recuerda en su estudio, atento a sus enseñanzas y rodeado de colores y pinceles. Dos décadas más tarde, lo sigue estando. “Utilizo tintas caligráficas, que son más intensas que la acuarela. Mi trabajo es clásico: utilizo el pincel y la pluma, y solo recurro al ordenador para digitalizar la obra y ajustar los colores para que queden como en el original”.
Tener al profesor en casa fue una suerte, dice. “Nunca me impuso un estilo, algo que sí hacen en la facultad, sino que me enseñó las herramientas. E hizo mucho hincapié en el color”. Sus inconfundibles ilustraciones son un estallido de colores primarios. “Quizá por eso siempre creen que soy mexicano o brasileño. No asocian ese colorido a un europeo”.

Tras ocho años en Madrid, desde hace uno vive en Brighton, ciudad que nunca había visitado antes, pero reunía tres atributos: “Tiene mar, es tranquila y pequeña”. Aunque aún le quedan multitud de rincones por explorar. “Trabajo de lunes a domingo de 8.00 a 12.00. He aprendido que, al menos en esto, o eres un genio o tienes que trabajar mucho. No soy lo primero, pero lo segundo funciona”. Y viaja mucho. Acaba de regresar de Hong Kong, donde ha pintado un mural, y pronto hará lo propio en Moscú.
Junto a sus libros de arte folk y outsider, en su mesa de trabajo todavía reposan las ilustraciones que ha creado para una baraja de tarot —“ya en la carrera, un profesor me decía que, con mi estilo, tenía que hacer unas cartas así”— que veremos este otoño. Además, prepara dos libros —uno en solitario y otro en compañía— y exposiciones en Montreal y en Ámsterdam. “Me froto las manos cuando tengo esperas en aeropuertos: veo películas, temporadas completas de series, leo cómics…”. Cuando llega a destino, solo hay tiempo para el trabajo.
Hemeroteca EL PAIS (2014)

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