martes, 31 de julio de 2012

José Braulio Bedia Valdés





Como los grandes artistas, José Bedia (La Habana, Cuba, 1959), construye espejos en los que nos podemos ver con muy diferentes aspectos y así aprender un poco más de nosotros mismos. No es aventurado llegar a decir que su objetivo se sitúa en enriquecer a las personas ayudándolas a comprender que hay muchas formas de vida diferentes y que de todas se aprende a construir seres humanos en plenitud.


Bedia basa su trabajo en un tratamiento crítico y antropológico de pueblos y culturas con orígenes ancestrales en su mayoría.  Muchas de sus obras están inspiradas en tradiciones afrocubanas vivas actualmente en su país, pero también estudia y trabaja sobre culturas de origen amerindio como los siux, yakis, cheroquis u originarias de América Latina, Australia u Oceanía. Esto es, sobre culturas no occidentales. 


En muchísimas ocasiones Bedia convive con estas personas tratando de empaparse verdaderamente de todo tipo de detalles que conforman su ‘manera de vivir’. Es una suerte de trabajo de campo, con el rigor que establece la ciencia antropológica, pero que no busca ningún orden científico posterior.  Su finalidad es la creación de una estructura de reflexión artística. 


Lo que Bedia quiere sacar ‘de ellos’ es el conocimiento profundo del por qué de sus costumbres y creencias, comprender los procesos de desarrollo de otras formas de vivir. Es una especie de “estar y ‘vivir’ allí” con ellos, para luego terminar en un “vivir aquí”, entre nosotros,  parafraseando al antropólogo estadounidense Clifford Geertz.


El atractivo formal del trazo de su dibujo fortalece intensamente la eficacia de esa reflexión. La forma plástica escogida por Bedia es particularmente eficaz. En el caso concreto de esta exposición, todas las piezas tienen como soporte un papel  que remite a lo originario por estar hecho a mano o tener un carácter muy poco industrial.


Sobre este ‘sencillo’ soporte se plasman las ideas. Él dice: “Los materiales deben ser sencillos como las ideas. No me gustan las decoraciones innecesarias ni los barroquismos”. Pues bien, con esa incisiva sencillez usa el carbón, el óleo, el acrílico… aplicado muchas veces directamente con las manos como en una especie de transmisión directa de la voluntad de estar verdaderamente dentro de la obra. 


Así, sencillamente Bedia nos interpela. Nos llama. Y, ¿qué pasa? Que nos enseña lo que hay de verdad, sin ruido, sin el trastorno de lo que no vale la pena. Así es su obra: un terreno despejado que nos deja ver los dos mundos entre los que él dibuja y nosotros vivimos.



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