lunes, 31 de octubre de 2011

JOSE LOUREIRO








Enfrentarse por primera vez a la pintura formalista -de tanta síntesis y refinamiento-- del portugués José Loureiro (Mangualde, 1961), puede provocar un cierto desconcierto. Porque… ¿de dónde arranca la tensión que “estira” tanto estos cuadros?, ¿ a qué poética responde este arte singular -entre la pintura y el diseño, el plano y la profundidad, el estatismo y el movimiento- que viene a desembocar ahora en una producción purista, de tan especial estructuración geométrica y tan aparentemente monocromática, como lo son los cuadros que presenta esta primera exposición del pintor en España? Por eso, para ajustar posiciones, conviene consultar el interesante libro que hace las veces de catálogo de la muestra, cuyas claves visuales y textos facilitan una lectura comprensiva del conjunto del proyecto, así como del alcance de su proceso. Toda una trayectoria, efectuada desde finales de los ochenta, al margen de las querencias y “emergencias” del mundo del arte más reciente.


Tres son las claves conceptuales sobre las que viene actuando, desde sus comienzos, la práctica de Loureiro. Resalta que toda su trayectoria se haya acogido al sentido idealista, místico, del suprematismo de Kasimir Malevich, primer oficiante de la “visión pura” y de la “supremacía del sentimiento puro” en la creación pictórica. De ahí se desprende el empeño que la obra actual de Loureiro demuestra por “perder la mano para salvar el espíritu, liquidar la imagen para ganar urgencia, y radicalizar para fundar una cosa diferente, por más que no se sepa lo que esa otra cosa es”. En cualquier caso, el propósito parece consistir ahora en la superación de la visión empírica y del espacio perspectivo, por medio de una mirada que busca sólo la esencia trascendente de la forma y de la estructura, así como la sensación de infinitud del espacio moderno.


Sin embargo, Loureiro ha recurrrido en determinadas ocasiones -como en las series No-Objetivo y Crucigramas (1993-1995)- a asumir de manera explícita la actitud profundamente modernista de Piet Mondrian, con su capacidad de convertir la abstracción geométrica en “la apoteosis de lo real”, constatando que la pintura “es” exclusivamente “lo pictórico”, o sea, la realidad literal -aunque resulte sugeridora- de los elementos plásticos. De ahí se desprende la relevancia que Loureiro confiere a la pintura como “oficio”, a cuyo través el arte es capaz de establecer ecuaciones plásticas entre lo verdadero -el plano, la línea, la rectitud de la forma- y lo aparente -la profundidad, la sombra, el movimiento-, dentro de un mismo cuadro.



Un tercer elemento de la tradición modernista del que se ha servido Loureiro para introducir cambios en su práctica pictórica ha sido el carácter “de diseño” que va implícito en la obra “pop” de Roy Lichtenstein, con su tratamiento neutro de la imagen, sus colores limitados, su dibujo de arista muy precisa, y con su empleo pictoricista de la trama de puntos de las industrias gráficas. Aquel influjo fue directo en los cuadros de líneas de puntos que Loureiro realizó entre 1995 y 1997, cuya técnica le ayudó a diluir -hasta hacerlos desaparecer- los elementos de figuración que aún eran visibles en su producción



En su obra actual sigue presente el influjo del diseño, con todo su rigor dibujístico y estructural. En consecuencia, en los cuadros de esta exposición la reconocida voluntad diseñadora de su autor -vivamente renovada a partir de 2005- es notoria en su interés por la construcción de la imagen geométrica, que aparece dialogando con su voluntad de practicar la pintura-pintura, evaluando los matices -aquí casi invisibles- del color, ya que estas pinturas no son exactamente monocromáticas, sino espacios coloreados -de blanco, rojo, amarillo, azul- que vibran con sutiles modificaciones producidas por transparencias, variaciones de espesor del óleo, veladuras, e inclusive imperfecciones y errores de realización, cuyos resultados el artista sabe aprovechar a la perfección.



Los resultados de este proceso son excelentes, y confieren un efecto de fuerte presencia “objetual” -o sea, de objeto rotundo, de volumen regular tridimensional que funciona como relieve- a estos cuadros, haciéndolos destacar de modo acusado sobre la pared. La elegancia es otro de sus caracteres, y se desprende del hecho de que Loureiro sabe establecer su arte como un juego de espaciosos campos de color en los que la figura se desplaza casi siempre a los costados, al límite, creando una suerte de “estructura de frontera” que ocasionalmente se desestabiliza proyectándose “hacia el fondo” del cuadro a través de los efectos visuales de sus sombras. Se trata, así, de establecer un juego de figuras constructivas doblemente dibujadas, conformando una red de siluetas de arista dura, a las que acompaña la proyección en perspectiva de su “doble”: esa sombra lineal que se realiza con trazo blando, deslizándose ligeramente en el espacio

Ref EL CULTURAL -
José MARIN-MEDINA

2 comentarios:

enric batiste dijo...

megustasímegustamuchísimo

un beso de esta síntesis mensaje

ines dijo...

¿Si? No sabes el trabajo que me costó encontrar obra suya. Unha aperta grande