sábado, 10 de septiembre de 2011

Cristina García Rodero













El túnel del pasado

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 03/09/2011


Lo que casi no han sabido contar en España la novela ni el cine lo ha ido contando durante más de treinta años Cristina García Rodero con su cámara fotográfica. Las novelas españolas, como las películas españolas, tienden a situarse en un presente sin pasado o en un pasado sin presente. Hay películas de un juvenilismo tan extremo que roza la lobotomía, o bien que suceden en una posguerra entre tenebrosa e idílica, en la que siempre hay niños sobrecogidos y callados y adultos que murmuran a causa de su condición de vencidos o que exhiben con grotesca simpleza su condición de vencedores. Entre el país de unas películas y el de las otras parece que no hubiera ninguna conexión.

Y en cuanto a los novelistas, ni siquiera nos cabe la disculpa inapelable de la falta de medios. Ambientar una película en una ciudad de otra época es mucho más caro que ambientarla en un pueblo, y la falta de dinero favorecerá siempre el intimismo por encima de la épica. Pero a los novelistas nos cuesta igual una escena de masas en la Gran Vía de Madrid en los años cincuenta que un encuentro furtivo entre dos amantes en un prado, una conversación a gritos en un bar de copas de ahora mismo que una larga panorámica sobre los cambios en la vida de un pueblo a lo largo de varias generaciones. Y sin embargo nos ha faltado demasiadas veces y nos sigue faltando la capacidad de atención y de recuerdo necesaria para contar la historia más poderosa que tenemos, que no es la del puro pasado ni la del puro presente, sino la de la mezcla de los dos: el pasado lentísimo que parecía eterno y de pronto cambió a toda velocidad, casi de un día para otro; y el presente que tantas veces se nos vuelve conflictivo o difícil de comprender porque parece que un pasado sin remedio lo ahoga; y entre el uno y el otro la mezcla de lo que en cada tránsito se pierde y lo que se gana, entre lo valioso que no se supo conservar y se malbarató y lo sórdido que perdura como una especie de condena.

En todo se ha ido fijando Cristina García Rodero desde hace más de treinta años. Cuando el único relato posible parecía en España el del cambio político y la modernidad acelerada en las capitales de los últimos setenta, de los primeros ochenta, ella se fue a fotografiar las romerías y las ferias de los pueblos más apartados. La obsesión oficial era demostrar lo modernos que nos habíamos vuelto; también, contradictoriamente, recuperar raíces ancestrales, revivir tradiciones, inventarlas si hacía falta. Cualquier cosa antes que mirar lo que realmente estaba delante de los ojos. Porque el franquismo había prohibido el carnaval, su recuperación se convirtió en un empeño cultural prioritario, incluso en lugares donde el carnaval nunca había existido o donde no había tenido ningún lustre. Carnavales y fiestas vernáculas de cualquier pelaje se convirtieron en una gran industria municipal a la que se empezaron a dedicar en los primeros ochenta ríos incalculables de dinero. Ahora que se publican las cifras pavorosas de la deuda que asfixia nuestra economía uno se pregunta qué parte de ella corresponde a los despilfarros lúdicos de una cultura oficial que increíblemente no parece haberse interrumpido ni este verano de penitencias financieras, cuando en los mismos periódicos que cuentan la quiebra de los ayuntamientos vienen las noticias sobre las ferias beodas en las que se corren vaquillas a costa del dinero público, y en las que se ha hecho tan célebre ese toro Ratón que ha corneado ya a unos cuantos juerguistas.

Ese país de ahora mismo que parece de hace mucho tiempo es el que le salta a uno a la cara en las fotos de Cristina García Rodero. En el Círculo de Bellas Artes de Madrid el formato grande de las copias impone de una manera más terminante su presencia. García Rodero es tan buena en lo que hace que uno tiene la impresión de estar viendo no fotografías sino crudos fragmentos de la vida. Con un artista de su estilo es fácil ser injusto, porque la naturalidad del resultado puede tomarse por el simple azar de la observación, y porque el suyo es un arte que no quiere llamar la atención sobre sí mismo sino sobre los seres humanos y los lugares de los que se alimenta. Hay que fijarse un poco más para reparar en el cuidado de una composición que finge ser una escena captada arbitrariamente: una agrupación piramidal de cabezas de abuelos coronada por una niña vestida de hada o de princesa que lleva un gorro cónico; una novia de los años ochenta que sonríe delante de un paisaje aldeano dividido por la mitad por un camino que va a perderse en la lejanía, y que es el camino simbólico en la vida de esa mujer joven entre ilusionada y asustada, con su belleza agreste, con su peinado que imita el de las estrellas de las series de televisión; una niña que sostiene una vela y mira a la cámara con fijeza y desafío, contra un fondo tenebrista en el que se insinúa la mano adulta que se le posa en el hombro, protegiéndola y a la vez imponiéndole el peso de una tradición sombría; un bosque incendiado de noche en el que resaltan contra el fuego troncos de árboles y una silueta humana; una mujer que sostiene entre las manos un largo cuchillo afilado y una cabeza recién cortada como de tiburón, como una Judith proletaria que acabara de decapitar a Holofernes; unas cabezas de mujeres penitentes adornadas por las cabezas de cera de unos exvotos.

La cámara de Cristina García Rodero es un túnel engañoso del tiempo: veo una foto que me parece de mi infancia y resulta ser de los años ochenta; alguna otra es del año pasado y resulta idéntica a las de hace treinta años. Las figuras y máscaras de carnaval, los penitentes arrodillados sobre una tierra estéril que les martirizará la piel, coexisten con los signos de los nuevos tiempos, con las ventanas de marco de aluminio en las casas de pueblo, con las espantosas fachadas modernas cubiertas de mosaicos de piscina, con los tejados de uralita sobre los cobertizos y las puertas metálicas de las cuadras convertidas en garajes. En el reverso de las romerías con ataúdes blancos y con cristos y vírgenes de vestimentas barrocas y melenas de pelo natural están las fiestas modernizadas en las que ya tocan conjuntos pueblerinos de rock o en las que hay desfiles de caribeñas opulentas con zapatos de plataforma y bikinis de lentejuelas. La prestigiosa transgresión del carnaval, tan celebrada por concejales y consejeros de Cultura, culmina en la meada mular de un borracho que ríe desnudo en medio de la calle, a pleno día, rodeado de gente, alzando una botella con gesto de triunfo. La lluvia ha desbaratado una procesión pero una mujer sola continúa cumpliendo su penitencia de rodillas, debajo de un paraguas. Al final del túnel que conecta el presente y el pasado hay una foto de Cristina García Rodero.

4 comentarios:

Laura Uve dijo...

Leí el artículo de Muñoz Molina y pensé que la podría ver porque tenía previsto ir este fin de semana a Madrid a ver la exposición de Antonio López. El viaje se ha suspendido y me he quedado sin las dos exposiciones...

Has hecho una magnífica entrada sobre ella.

Un abrazo!!

ines dijo...

Es una entrada fácil. Con el artículo de Muñoz Molina y una magnífica fotográfa ¿Que más necesito? Es increible ver esta España contemporanea ¿Verdad? Un beso

Jorge Solana dijo...

Inés ! qué bonita casualidad hizo que descubriera tu fabuloso blog !! Desde hoy, con tu permiso, te sigo.
Bss

ines dijo...

Pues bendita casualidad! Gracias por ser un nuevo seguidor. Biquiños