miércoles, 15 de agosto de 2012

Thomas Scheibitz


 

 

Thomas Scheibitz es uno de los artistas alemanes de mayor eco internacional.

 El gran espaldarazo de Thomas Scheibitz fue sin duda su participación en el pabellón alemán de la Bienal de Venecia de 2005, en la que compartió espacio con Tino Sehgal quedando, quizá, un tanto eclipsado por la originalidad y la fuerza de las performances del joven artista nacido en Londres. Pero sus pinturas y esculturas tienen todo el interés, a medio camino entre la representación y la abstracción. Scheibitz nació en la ciudad alemana de Radeberg en 1968 y estudió en la Academia de Arte de Dresde. Desde muy pronto se vio identificado en los signos y formas geométricas que pueblan las calles, elementos formales de los que se ha venido apropiando para reformularlos a través de los diferentes medios que utiliza.

 Scheibitz tiene algo de flaneur. Camina por la ciudad con su cámara atrapando todo tipo de material visual que más tarde mezcla con imágenes sacadas de revistas y libros. Todo vale para el alemán, desde imágenes de templos romanos hasta comics o anuncios publicitarios. Su trabajo es una búsqueda constante de motivos que, tras su apropiación, pasan de lo convencional a lo extraordinario, convirtiéndose en algo de cierta cualidad mágica. Scheibitz ha construido con los años un inmenso archivo visual, algo que le sitúa en la senda de muchos artistas compatriotas suyos, desde los Becher hasta Richter, creadores de la acumulación. Es el suyo un archivo proclive a transformaciones y sintetizaciones que alejan estas formas de su imagen original, tornándose en múltiples partes de un inmenso engranaje de geometrías y símbolos.

La relación de Sheibitz con la ciencia se remonta a sus primeros trabajos pero su mayor visibilidad tuvo lugar en el conjunto escultórico que propuso para el pabellón alemán de 2005. Ahí se vertían nociones de toda índole, desde el problema eterno del espacio y el tiempo, el de la gravedad y la materia, o el del vacío.
El modus operandi de Scheibitz es altamente esclarecedor y está determinado por la división en su estudio, una mitad para la pintura y la otra para la escultura, que podría entenderse como la metáfora de las dos mitades del cerebro. El de la pintura es el mundo del color, con pintura agolpándose en lienzos y objetos. El de la escultura es el espacio de las formas, todas ellas sin pintar, formas y estructuras apiladas aquí y allá. 


 
El Cultural

1 comentario:

Laura Uve dijo...

Hola Ines.

Solo quiero agradecer tus propuestas que para mi son fuente de inspiración constante.

Descubro muchos artistas que desconozco y eso me proporciona muchos momentos de belleza.

En algunas ocasiones he agradecido estos descubrimiento en mi blog, ahora te los dejo en el tuyo.

Un abrazo!!